Te cuento cómo es llevar implantes dentales.

Es raro, sinceramente nunca pensé que acabaría escribiendo sobre esto, pero aquí estoy, contándote cómo ha sido mi camino con los implantes dentales. Sé que es un tema algo raro y delicado, pero tratándose de salud, todos debemos hacer el esfuerzo y compartir nuestra experiencia, como voy a hacer yo.

¿Y qué es lo que más me motiva para hacerlo? Precisamente el pensar que quizá estés cómo estaba yo al principio, con miedo por las opiniones de mis allegados y todo lo que había escuchado, pero déjame decirte algo: cada caso es un mundo.

De modo que, si estás pensando en ponerte uno, y tienes miedo, si te abruma la idea o simplemente quieres saber de qué va todo esto, acompáñame. Prometo explicártelo con total sinceridad, sin adornos innecesarios y desde mi experiencia.

Todo empezó hace unos años, cuando una muela que ya estaba dándome problemas acabó por romperse. Y si te estás preguntando cómo era el dolor, pensando que quizá lo estás ignorando créeme, no era la típica molestia “pasajera”: dolía, molestaba al masticar y me traía por la calle de la amargura. Antes que acabar como acabé intentaron salvarla con una endodoncia, pero no hubo manera, ya que la fractura era vertical, y no tenía arreglo. Recuerdo perfectamente la frase del dentista: “Vamos a tener que extraerla y, más adelante, valorar un implante”. Y yo, con cara de pánico, pensando en tornillos, huesos, dolor y un gasto tremendo.

Para que lo entiendas fácil: un implante es como un “tornillo” de titanio (aunque suene fatal así dicho) que se coloca en el hueso maxilar y actúa como raíz artificial del diente perdido. Luego, encima, se coloca una corona, que es la parte que se ve y que parece un diente real. En conjunto, todo queda fijo y estéticamente perfecto.

Suena sencillo, pero el proceso tiene sus pasos y no es algo de un día para otro; lo mío fue más bien así:

Me extrajeron la muela en una pequeña cirugía ambulatoria. Fue rápido y no sentí dolor (gracias a la anestesia, claro). Eso sí, las molestias vinieron después: hinchazón, tener que comer blandito unos días y la sensación rara de tener un hueco en la boca. Una vez cicatrizó todo, vino el siguiente paso: estudiar el hueso. Me hicieron un escáner 3D para valorar si tenía suficiente masa ósea para colocar un implante. Por suerte, en mi caso sí había buena calidad y cantidad de hueso, así que no hizo falta hacer injertos, pero claro, no todo el mundo tiene esa suerte.

A la pregunta de: ¿Duele ponerse un implante?

Yo te voy a contestar que no. El procedimiento se hace con anestesia local, así que no sientes nada mientras lo colocan; de hecho, es mucho más llevadero de lo que imaginaba. Lo que sí se nota es cierta presión, el ruido del torno (similar al del dentista habitual) y la sensación de que están trabajando “en profundidad”.

Eso sí, el postoperatorio es un poco más incómodo. Hinchazón, algún hematoma y la necesidad de cuidarse mucho para que cicatrice bien. Yo tomé antiinflamatorios y antibióticos, y seguí todas las indicaciones al pie de la letra. Sin embargo, una de las cosas que más me intrigaba era: vale, me ponen el implante… ¿y ahora cuánto tengo que esperar hasta poder comer con normalidad?

Mi dentista de CRO me explicó que el tiempo aproximado desde que se realiza el implante hasta que puede ser sometido a carga (es decir, que puedas masticar con él con normalidad) varía entre 2 y 4 meses, de modo que, durante ese tiempo, el implante tiene que “integrarse” en el hueso. Este proceso se llama osteointegración, y por lo visto me comentaron que es súper importante para que todo salga bien. De hecho, yo estaba algo preocupada porque mi suegra había tenido problemas e infecciones con sus implantes debido a que su diente lo rechazaba constantemente, pero afortunadamente no me pasó a mí.

Lo curioso es que estos tiempos pueden acortarse dependiendo de la calidad y cantidad del hueso del paciente. En personas con un hueso muy denso y saludable, a veces se puede colocar la corona definitiva mucho antes; en mi caso, esperé unos tres meses y medio.

Durante ese tiempo, llevé una corona provisional de resina, más estética que práctica, la verdad. Me ayudaba a verme “normal”, pero sabía que no debía forzarla masticando cosas duras. Aprendí a morder con cuidado, a disfrutar de las comidas blandas y, sobre todo, a tener paciencia.

Revisiones y cuidados.

Durante el proceso de integración, tuve varias revisiones para comprobar que todo iba bien. Me hacían pequeñas radiografías para ver cómo estaba asentando el implante y me revisaban la encía.

Los cuidados son bastante sencillos, pero muy necesarios: una higiene exquisita, enjuague bucal sin alcohol, nada de fumar (yo no fumo, pero si lo hiciera, habría tenido que dejarlo sí o sí) y mucho sentido común.

Una de las cosas que más me sorprendió fue que me insistieran tanto en el uso de irrigadores dentales. Hasta ese momento no los conocía, pero ahora son mis mejores amigos, porque con ellos puedo limpiar con presión aquellas zonas a las que el cepillo no llega bien, lo cual es súper importante para que el implante dure muchos años.

El gran día: la corona definitiva.

Cuando llegó el momento de poner la corona definitiva, tenía nervios de todo tipo; me preguntaba ¿Se verá rara? ¿Será cómoda? ¿Se notará al masticar?

Pero para mi sorpresa, nada de eso ocurrió. La pieza estaba hecha a medida, con el color exacto de mis dientes, y al ponérmela sentí como si volviera a tener “mi muela de siempre”. La sensación de masticar por ese lado, sin miedo, fue increíble. Y la estética… impecable. Sinceramente, nadie diría que ese diente no es natural.

A día de hoy llevo ya más de un año con el implante y puedo decir que es una de las mejores decisiones que he tomado en cuanto a salud dental. Ahora puedo comer sin problema, no se mueve, no duele y apenas me acuerdo de que no es mi diente natural. Eso sí, sigo yendo a revisiones cada seis meses, porque, aunque un implante no puede tener caries, las encías que lo rodean sí pueden inflamarse si no se cuidan.

Lo que nadie te cuenta: emociones, miedos y gastos por todas partes.

Como dije, contaré mi experiencia en plata, y no todo es bueno: un implante puede ser una solución genial, pero también hay que hablar de las otras caras de la moneda.

Primero, el miedo. Hay quien se agobia solo con la palabra “implante”, y lo veo totalmente normal. Sin ir más lejos, a mí me daba mucho reparo la idea de que me “abrieran la encía” o de que algo saliera mal, lo que pasa es que afortunadamente el miedo fue más grande en mi cabeza que en la realidad.

Segundo, el dinero. No vamos a engañarnos: este, es un tratamiento caro; fácilmente se te van entre 900 y 1500 € por pieza, y claro, piensas que es una inversión en salud y merece la pena… pero si lo piensas dos veces, es un pastón. Pero bueno, si te pasa como a mí y no lo puedes pagar del tirón no te preocupes porque la mayoría de clínicas nos dejan financiarlo al ser un tratamiento tan caro, lo cual es un alivio.

Y tercero, la autoestima. Puede sonar superficial, pero tener un hueco visible en la boca te afecta. En mi caso no se veía mucho, pero, aun así, tenerlo solucionado me dio una paz tremenda. Me siento más yo, más cómoda hablando, sonriendo y comiendo.

¿A quién le recomendaría un implante?

Sinceramente, a cualquier persona que haya perdido un diente y quiera una solución fija, duradera y natural. También a aquellos que tengan una pieza muy dañada que no pueda salvarse. Eso sí, siempre hay que acudir a un buen especialista, porque no todos los casos son iguales y hay que hacer un estudio individual.

Por otro lado, no se lo recomendaría en absoluto a alguien que no esté dispuesto a mantener una higiene muy cuidadosa o que tenga problemas de salud sin controlar, como una diabetes descompensada. El éxito del implante depende muchísimo del entorno donde se coloca.

Aprendizajes que quiero compartir contigo.

  • Aprendí a no dejarme llevar por los prejuicios, a confiar en los profesionales y a escuchar a mi cuerpo.
  • Aprendí que la boca es una parte fundamental de nuestra salud, de nuestra imagen y de nuestro bienestar general.
  • También aprendí que muchas veces sufrimos más por lo que imaginamos que por lo que realmente ocurre.

Yo me imaginaba una experiencia horrible, llena de dolor y complicaciones, y lo cierto es que, con buenos cuidados y seguimiento, fue bastante llevadera.

Si estás dudando te aconsejo que te informes bien, preguntes todas tus dudas, compares clínicas si es necesario y valores tus prioridades. Ten en cuenta que a veces intentamos ahorrar dinero con soluciones a corto plazo (como prótesis removibles que acaban por dar más problemas que otra cosa) y terminamos arrepintiéndonos, de modo que piénsalo: si estás dispuesto a cuidarte, un implante será una solución muy avanzada que te devolverá la comodidad y funcionalidad que tanto necesitas ¡Notarás el cambio!

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